Poesía a orillas del Curueño
Coronio
Hubo un verano en que las palabras bajaron al río.
No como un milagro. Como un regreso.
Como si la memoria, cansada de esperar en los desvanes, hubiera decidido sentarse al borde del Curueño para escuchar cómo suena el mundo cuando nadie lo interrumpe. Así nació Coronio, un recital entre amigos, una hoguera de versos encendidos por la corriente. Era el año 2019. Y ya entonces algo latía.
Al verano siguiente, el rumor fue creciendo.
Coronio se convirtió en Premio Nacional de Poesía de Mariposa Ediciones, sin perder la raíz de donde vino: un valle, un pueblo, un río. Una forma de mirar.
Desde entonces, cada 15 de agosto, Sopeña de Curueño se convierte en escenario. No de teatro, sino de presencia. No de aplausos, sino de hondura. Quienes llegan traen versos. Y también la certeza de que escribir desde aquí es tan válido, tan luminoso, como escribir desde cualquier otro lugar del mundo.
Porque Coronio no es sólo un premio. Es una ofrenda.
Una manera de decir que el río del olvido —aquel que nombró Llamazares— puede también ser río del recuerdo, del arraigo, de la palabra viva.
Soy Marina Díez.
Llevo el nombre de mi pueblo allá donde voy, como una semilla, como un talismán. Desde esta orilla, celebro la poesía que nace en las montañas, en las cocinas con geranios, en las manos curtidas.
Desde esta orilla, invito a quienes escriben a mirar hacia el norte, hacia el valle donde el Curueño todavía canta.
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